
Supongo que todas las enfermedades ahuyentan a la gente. Cuanto más graves son, más flagrante es la estampida. Del sida, dirán que contagia; del cáncer, que corroe… Por algún motivo, el Alzheimer espanta todavía más. Será que el miedo a la locura es mayor que el temor a cualquier patología física. Será que los padecimientos de la mente resultan más insondables que los dolores del cuerpo. Será que no entender lo que está sucediendo es más insoportable que conocer los porqué y los cómo…
Cuando mi viejo se enfermó, muchos amigos y parientes comenzaron a replegarse. Los llamados telefónicos menguaron; ni hablar de las visitas a casa y al geriátrico. Mi papá, que siempre había sido un tipo macanudo, presente, de repente perdió existencia, reconocimiento. En las conversaciones cada vez más espaciadas, se convirtió en un innombrable. No trancurrió demasiado tiempo antes de que la pregunta “¿cómo está Luis?” cediera paso a la no mención, al no lugar.
El Alzheimer está lleno de ausencias. Por lo pronto, están las ausencias del
enfermo, producto de la degeneración del tejido cerebral. La memoria reciente va perdiendo fuerza, lo cual genera olvidos temporarios, primero anecdóticos luego sintomáticos. Después flaquean los recuerdos vinculados con el pasado más lejano, con los usos y costumbres, con las funciones vitales. Así, en forma involuntaria y paulatina, arrastrado por la enfermedad, el paciente se va, se pierde.
El proceso es inexorable, inevitable, implacable. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que, mientras la víctima del mal se desvanece, el entorno también se
desintegra, o al menos se altera sustancialmente. Algunos amigos y familiares también se pierden, y no precisamente por una falla fisiológica.
Evidentemente, la enfermedad los asusta, los repele, los aleja. Lo suyo es, lisa y llanamente, un abandono con víctimas múltiples. Porque no solamente dejan a la persona enferma (quien alguna vez fuera su amigo, tío, cuñado) sino también a quienes lo cuidan (en este caso, mi vieja y yo).
Por supuesto, estas situaciones tienen su contracara positiva. Así como muchos se borran, otros se acercan, se quedan, se mantienen, se preocupan y aguantan a nuestro lado. Me refiero a Raquel, a Marita, a Carlos, a Julio, a Enrique, a Eddy, a Aída, a Paula, a Ana, a Gabriel, a María del Carmen y a tantos otros que, aún cuando mi viejo ya no está, igual siguen al pie del cañón.
Los demás no dejan de ser ausencia…