Manuel Eyzaguirre filmó y editó una serie de entrevistas que él mismo les realizó a su tía y a su abuela. La primera cuida de la segunda, víctima del mal de Alzheimer.
Este documental titulado La abuela genoveva busca explorar los sentimientos contradictorios que suele despertar la convivencia con un enfermo de estas características. El corto es muy interesante, justamente por su valor testimonial.
Precisamente por eso Manuel quiso compartirlo con los visitantes de este blog, y nos lo envió desde Perú. Sin dudas, vale la pena tomarse un tiempo para verlo.
Hace escasas semanas entablé una conversación casual con un médico, y sin querer terminé contándole sobre el Alzheimer que padeció mi viejo. Cuando le comenté sobre el fallecimiento ocurrido poco tiempo después de que empezaran los problemas de deglución, este gastroenterólogo me preguntó si mi papá había usado sonda nasogástrica. Cuando respondí que sí, me llamó la atención su reacción, su leve reproche por permitir que se la hubieran colocado.
Según este profesional, cuando un mayor ya no puede/sabe ingerir, masticar, tragar, la naturaleza nos está anunciando la inminencia del fin. Contrariar este mensaje es prolongar un sufrimiento que inevitablemente, tarde o temprano, desembocará en la muerte.
Lamento que los médicos que atendieron a mi padre durante sus últimos meses de vida no compartieran esta opinión, que intuitivamente era (es) la mía. De ser así, habrían al menos considerado el pedido explícito de mi madre y mío para que le ahorraran semejante padecimiento en vano.
Pero no. Aún cuando nos ofrecimos a firmar algún documento que nos hiciera responsables de la decisión tomada, los doctores a cargo no sólo sostuvieron que eso era legalmente imposible sino que colocaron el bendito adminículo de un día para el otro, sin siquiera avisarnos, mucho menos prepararnos.
Porque la sonda se tapaba a cada rato, o porque sin querer se la sacaba, mi padre debió ser internado a repetición para que se la destaparan y/o volvieran a insertársela. Los preclaros galenos que lo sometieron a tanto vaivén jamás tuvieron en cuenta la calidad de la sobrevida impuesta casi con saña.
Para ellos, sólo era cuestión de ganarle días a la muerte. Para mí, para mi madre, era cuestión de brindarle a mi padre una muerte sin tanto dolor y con algo de dignidad.
Hace algunos días nos referimos a la conveniencia de realizar una consulta médica cuando nos asalta alguna duda sobre la enfermedad de Alzheimer, y especialmente cuando detectamos las 10 alertas detalladas por el Instituto de la Memoria. También mencionamos al pasar algunos de los estudios solicitados por los profesionales de la salud, ante la sospecha de demencia senil. Entre ellos, las tomografías computadas y/o resonancias magnéticas.
En general, el diagnóstico por imagen indica el daño sufrido por el cerebro de quien padece demencia senil. Tal como muestra la ilustración de la izquierda, existe una clara diferencia de tamaño y densidad entre una persona sana y una enferma. Además, a medida que el mal avanza, las dimensiones siguen disminuyendo de manera evidente.
Gracias a esta imagen, podemos comprender mejor porqué las capacidades cognitivas y perceptivas del paciente se ven progresivamente reducidas. También queda demostrado porqué el proceso resulta, lamentablemente, irreversible.
Entre los visitantes de este blog muchos suelen preguntarse qué hacer para detectar los síntomas del Mal de Alzheimer. En principio, el diagnóstico médico se basa primero en la historia y en la observación clínica del paciente. Después vienen los exámenes más complejos, como las pruebas de memoria y de rendimiento intelectual, los análisis de sangre y las tomografías computadas y/o resonancias magnéticas.
Ante la menor duda, siempre conviene consultar con un médico clínico, un gerontólogo o un neurólogo. Sin embargo, antes de acudir a un consultorio, en casa bien podemos prestarles atención a los “10 signos de alarma” que sirven para reconocer la posibilidad de un caso de demencia senil.
A continuación, la transcripción de los indicadores. Ojalá les sirva.
1.- Pérdida de memoria que afecte a la capacidad laboral o al desenvolvimiento cotidiano.
2.- Dificultad para llevar a cabo tareas domésticas.
3.- Problemas con el lenguaje.
4.- Desorientación en tiempo y lugar.
5.- Juicio intelectual pobre o disminuído.
6.- Dificultades con el pensamiento abstracto.
7.- Aparición de objetos colocadas en lugares erróneos.
8.- Cambios bruscos en el humor o en el comportamiento.
9.- Cambios en la personalidad.
10.- Pérdida de iniciativa.
A menudo reviso las estadísticas del blog y encuentro que muchos visitantes recorren estas páginas en busca de algún texto que les revele los últimos días de una víctima de Alzheimer. No los culpo. Cuando mi viejo estaba mal, yo también me preguntaba hasta cuándo se prolongaría la enfermedad, qué otras sorpresas nos depararía, cuánto más se ensañaría con un cuerpo abatido, absorbido, condenado.
Ante cada internación, ante cada traslado, ante cada intervención médica, deseé que mi padre muriera. Les rogué a Dios y a María Santísima que se lo llevaran, que lo rescataran de tanto sufrimiento, que le devolvieran cierta paz. A él, y a quienes lo acompañamos.
En aquella época, los doctores solían hablar de los “escalones” de la enfermedad, y yo imaginaba a mi papá descendiendo a un inmerecido infierno.
Escalón 1: pierde la memoria inmediata.
Escalón 2: desconoce parámetros espacio-temporales.
Escalón 3: no reconoce a su entorno.
Escalón 4: se convierte en presa de delirios de persecución.
Escalón 5: desarrolla una conducta agresiva.
Escalón 6: manifiesta dificultades de comunicación.
Escalón 7: deja de controlar esfínteres.
Escalón 8: pierde movilidad.
Escalón 9: no distingue gustos ni olores.
Escalón 10: enfrenta problemas de deglución.
Escalón 11: presenta un cuadro de desnutrición crónica.
Escalón 12: se alimenta únicamente por sonda naso-gástrica.
Mi padre falleció antes de pisar al escalón 13, estadio en que el paciente no soporta más la sonda naso-gástrica, y entonces hay que recurrir a la cirugía para “incrustarle” un tubo directamente conectado al aparato digestivo, lo cual permite pasarle la alimentación debidamente procesada.
Tarde pero seguro, Dios y María Santísima se apiadaron. El descenso al infierno se interrumpió y -por fin- todo el dolor, todo el sufrimiento, todas las miserias se desmoronaron como escalones derrumbados.