Era hora

Según informa hoy el diario Clarín, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires dispuso el desalojo de 83 geriátricos privados que violan normativas de higiene, seguridad y calidad de servicio. Por un lado, la noticia suena a un golpe de efecto post-Cromagnon (sepan perdonar el escepticismo de una argentina). Por el otro, enciende cierta luz de esperanza respecto de algún cambio de timón que termine castigando severamente a quienes lucran con la enfermedad, la vejez y el dolor ajenos.
Es una pena que el artículo sólo mencione algunos de los establecimientos sancionados (en realidad, supongo que por cuestiones legales, sólo publica direcciones y barrios), y que no difunda la lista entera. No obstante, la nota vale simplemente porque señala una realidad ignorada por muchos, salvo por quienes debimos internar a un ser querido.
Por ejemplo, mi vieja y yo tardamos más de tres meses en encontrar un geriátrico para mi papá. La búsqueda fue muy dura, justamente por lo que tuvimos que ver: malas condiciones edilicias, pacientes sucios, enfermeros con apariencia de patovicas, enfermeras negligentes, médicos impresentables.
Bien es sabido que la mafia de los geriátricos se mantiene indemne en un país cuyos ciudadanos se caracterizan por la indiferencia y la apatía, y cuyo Estado ejerce un control vólatil y débil (cuando no cómplice) sobre los doctores Cureta. Por eso, y aún cuando podamos entusiasmarnos con determinadas noticias, no nos olvidemos de seguir manteniendo los ojos bien abiertos.

