Acerca del poder en los geriátricos

Auto Date Lunes, Mayo 23rd, 2005

Por momentos, los geriátricos parecen retomar costumbres de los viejos manicomios

Más allá de los avances de la medicina en términos científicos y tecnológicos, hay cuestiones más humanas (¿o humanitarias?) y menos “profesionales” que no parecen haber cambiado demasiado. Mucho se habla sobre la indiferencia e incluso del maltrato que los enfermos de Alzheimer sufren por parte de los asistentes, enfermeros y de los mismos doctores y, al menos en países como la Argentina, poco se ha hecho por revertir esta situación.

Dada esta triste realidad, nada más oportuno que leer los fragmentos de un curso dictado por el célebre Michel Foucault, que el diario Página/12 publicó en su sección “Psicología”. A continuación, algunos de los párrafos más interesantes:

* En esa primera mirada a partir de la cual se entabla la relación psiquiátrica, el médico es en esencia un cuerpo, más precisamente es un físico, una caracterización determinada, una morfología determinada, bien definida. Y esa presencia física (…) actúa como cláusula de disimetría absoluta en el orden regular del asilo.

* Pero (…) el poder no pertenece ni a una persona ni, por lo demás, a un grupo; sólo hay poder porque hay dispersión, relevos, redes, apoyos recíprocos, diferencias de potencial, desfases, etcétera.

* Este sistema de poder que funciona dentro del asilo tuerce el sistema reglamentario general… Está asegurado más precisamente por lo que podríamos llamar una disposición táctica en la cual los distintos individuos ocupan un sitio determinado y cumplen una serie de funciones específicas… Esta disposición táctica permite el ejercicio del poder.

* Si llegamos a una disposición táctica semejante, es sin duda porque el problema, (…) para poder ser el problema de la verdad de la enfermedad y de su curación, debe ser un problema de victoria. En este asilo se organiza entonces, efectivamente, un campo de batalla. Y bien, a quien debe dominarse es, por supuesto, al loco.

* Lo que caracteriza al loco, el elemento por el cual se le atribuye la locura a partir de comienzos del siglo XIX, digamos que es la insurrección de la fuerza, el hecho de que en él se desencadena cierta fuerza, no dominada y quizás indominable.

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