La lucha continúa

Resulta difícil volver a escribir en este weblog cuando, tras el temblor, sobrevino la muerte. Así es: mi viejo falleció tres días después de la publicación del post precedente a éste, en Mal de Alzheimer.
A decir verdad, la parca fue mucho más piadosa que la enfermedad: se lo llevó discretamente mientras dormía. Esta vez, no hubo sufrimiento, degradación ni humillación. La partida fue discreta, casi insípida.
El vacío que quedó es menos profundo que las heridas infligidas por estos cuatro o cinco años de padecimiento. Es que, cuando el deterioro resulta irremediable e irreversible, cuando al ser humano se le arrebata su condición de persona, cuando el dolor no tiene compensación, la muerte se convierte en sinónimo de alivio, de redención. Uno llega a desearla, por el bien de quien es víctima directa de este infierno y por la salvaguarda de quienes rodeamos, asistimos, acompañamos al paciente.
Sin embargo, aunque ineludible, invencible e insuperable, la parca no pudo contra el mal de Alzheimer de mi padre. Es cierto que lo rescató de sus fauces. Pero también es cierto que nada logró contra las huellas imborrables que la enfermedad dejó en ese cuerpo desnutrido, debilitado, atrofiado, atormentado.
La demencia senil no sólo se apoderó de mi viejo, sino que interfirió en los recuerdos que tengo de él. Al menos por ahora, me resulta imposible desprenderme de sus ojos abiertos mirando siempre más allá, de las protuberancias de sus caderas, de sus piernas convertidas en piel y hueso, de sus brazos entumecidos, de sus manos acalambradas.
Confío en que el tiempo me ayudará a recuperar las imágenes de mi niñez con él. Confío en que algún día me despertaré reviviendo sus chistes pavos, nuestras idas a la plaza, al cine, al circo, al Ital Park, adonde yo quisiera. Confío en que yo misma podré deshacerme de su maldita enfermedad, y que incluso podré vencerla con mi voluntad, con mi memoria y, por supuesto, con este weblog.
Así es… La lucha contra el mal de Alzheimer continúa.

