La última morada

Mientras mi viejo sigue hospitalizado, hago un repaso de estos seis años de enfermedad y recuerdo algunos “hitos”, como su internación en el geriátrico. La decisión fue difícil, tanto que hicimos varios amagues antes de concretarla.
Las idas y venidas se debieron a que, ingenuamente, mi vieja y yo apostábamos a nuestra buena voluntad para recuperar una convivencia armoniosa. Por ese entonces, mi papá era víctima de olvidos preocupantes (dejar la hornalla de la cocina prendida o la puerta del departamento entreabierta, entre otros), y de cambios de conducta llamativos (de la irascibilidad a la melancolía, de la verborragia al silencio más absoluto). Nosotras confiábamos en que con paciencia podríamos evitar, y en el peor de los caos solucionar, los conflictos derivados de lo que -suponíamos- sólo eran síntomas de mera vejez.
Cuando los olvidos y la agresividad se agravaron, la idea de la internación empezó a madurar. Iniciamos entonces el recorrido de numerosas instituciones (en esa época, hace casi cuatro años, no se nos ocurrió buscar en Internet. No sé siquiera si existían sitios como el Portal Geriátrico). Más que recorrido, fue un calvario, una experiencia que nos permitió confirmar nuestras sospechas acerca del estado lamentable de la salud en nuestro país, especialmente de todo lo referido a la gerontología y a la geriatría.
Vimos de todo: desde los típicos lugares denunciados por programas periodísticos de investigación hasta departamentos lujosos cuyo alquiler, con todos los servicios incluidos, costaba -y estoy hablando de mediados de 2001, antes de la caída de la convertibilidad- unos $3000 mensuales. Estuvimos a punto de dejarlo en uno cercano a la estación de subte Ministro Carranza hasta que nos dimos cuenta de que, justo al lado, había una casa de velatorios (detalle que podrá resultar “tonto”, pero que incidió notablemente en nuestra marcha atrás).
En fin… Tardamos unos tres o cuatro meses en encontrar un lugar más o menos potable, que nos convenciera. Desde ya, lo más difícil no fue dar con el geriátrico “adecuado”, sino llevar a mi viejo y dejarlo (esta instancia, seguramente, será tema de otro post). A pesar de lo insostenible que se había vuelto la situación en casa, la mudanza fue muy dolorosa.
Costó acostumbrarse al cambio. Costó, sobre todo, aceptar que muy probablemente ésa sería la última morada de mi papá.

