Cuando pasa el temblor…

Después de 14 días de internación, mi viejo recibió el alta y volvió al geriátrico. El pronóstico es reservado, no tanto por tratarse de un caso agudo o crítico, sino por el avance progresivo y generalizado de su deterioro. Alarmistas, los médicos pronostican la inminencia de un nuevo traslado de urgencia, y algunos especulan con que ese traslado podría ser el último. Mientras se teje y desteje el futuro de lo que queda de mi padre, quienes lo acompañamos en estas dos semanas de oxigenación, aspiraciones, nebulizaciones, inyecciones, placas y estudios varios intentamos recomponernos y retomar nuestra rutina de la mejor manera posible.
Siempre se habla del padecimiento que afecta al entorno de un enfermo de Alzheimer, especialmente cuando se trata de personas que conviven o comparten mucho tiempo con el paciente. Cuando a eso se le agrega una complicación de salud grave, externa al mal en sí, el estrés y su consecuente agotamiento se potencian.
Una vez superada la crisis, uno queda literalmente de cama: con el cuerpo dolorido, un gran cansancio, y cierta sensación de angustia inclasificable. Dormir, dormir, dormir se convierte, al menos en mi caso, en una necesidad primaria.
Durante los días de internación, por más que intentamos respetar nuestra cotidianeidad (esto significa seguir yendo al trabajo, pasar la noche en casa, ver un poco la calle y a otra gente), la rutina de la clínica, los cronogramas médicos y la amenaza de cualquier eventualidad riesgosa nos sumieron en un tiempo y en un espacio paralelos a la vida ordinaria que solemos llevar cuando las cosas están bajo control (si es que, cuando se tiene un pariente demente, las cosas realmente
pueden estar bajo control).
Aunque suene paradójico, lo cierto es que, cuando llega el momento, cuesta abandonar ese marco espacio-temporal alternativo. Por un lado, uno siente cierta desprotección al volver al “mundo real” del geriátrico -convengamos que la
contención profesional de la clínica es superior a la actual morada de mi viejo-. Por el otro, y esto es consecuencia de lo anterior, uno teme la necesidad de una nueva internación y, por precaución o por cábala, vuelve a la rutina con más de un reparo.
Como ya sucedió en situaciones similares, ese miedo quedará instalado durante algunos días. Y ante cada visita al geriátrico, ante cada llamado telefónico inesperado, ante el sonido del timbre de la puerta de casa, nuestro corazón se estrujará y, por las dudas, se preparará para la irrupción del próximo (¿del último?) temblor.





