Donde habita el olvido

Como diría Joaquín Sabina, mi padre está “donde habita el olvido”. A veces, mientras yace en su cama del geriátrico, lo miro a los ojos y, por momentos, creo vislumbrar las sombras de ese mundo lejano. Pero no puedo ver mucho más, y entonces me pregunto cómo será ese lugar… ¿Penumbroso o demasiado luminoso (a veces imagino una luz enceguecedora)? ¿Desértico o superabundante en personas, animales, cosas? ¿Se encontrará en un mundo absolutamente desconocido o creerá reconocer algunas caras, ciertos aromas, determinadas melodías? ¿Seguirá siendo Luis, Luisito, Luigi, Don Bertoni, o será un rostro, un cuerpo, un alma sin nombre?
Mientras tanto, acá quedamos sus seres queridos, su casa, su ropa, sus zapatos, sus pañuelos, sus libros de Historia, sus fotos, sus adminículos para afeitarse, sus mates y bombillas, sus anteojos. Los cajones de su mesita de luz están intactos, con la cajita de ballenitas, con algunas anotaciones de puño y letra en distintos trozos de papel.
También quedaron los recuerdos de su Resistencia natal (de su escuela Zorrilla, de Quitilipi, de su abuela Eulalia, de sus tíos Julián y Agustín, de sus padres Eugenia y Juan, de sus hermanas Beatriz y Aída), de sus días de pensión en -como solía decir él- “Cinco Esquinas”, de la abuela Ju, de la tía Mary, de sus amigos del alma Ramón y “el negro” Pitín, de sus barcos remolcadores, de su YPF, de sus primeros años de casado en la calle Estados Unidos de San Telmo, de su felicidad cuando fue padre, de las vacaciones en Atlántida y La Falda, de las broncas familiares, de las reconciliaciones…
Tantas cosas dejó acá y él, cada vez más lejos… Tal vez algún día, venga a buscarlas para recogerlas y llevárselas. Tal vez así pueda retomar su viaje, esta vez con equipaje. Y de paso, justo antes de despedirse, se haga un tiempo para contarme cómo es allá, la insondable tierra donde habita el olvido.

