Una larga despedida

Mientras se ensaña directamente con su víctima, el mal de Alzheimer ataca indirectamente al entorno. Quienes conviven con el enfermo, y especialmente quienes lo cuidan o acompañan, padecen agotamiento, estrés, depresión. El sufrimiento aumenta a la par de la degradación del ser querido. El cansancio arremete ante cada internación de urgencia, ante cada nuevo síntoma de empeoramiento, ante cada constatación de lo irreversible.
Como sucede con otro tipo de enfermos (los de cáncer, por ejemplo), los allegados al demente senil también son testigos del deterioro físico, y eventualmente del malestar anímico. Pero en el caso de los pacientes de Alzheimer, al descalabro orgánico y corporal, se le suma la enajenación mental. Así, quien era tu papá, tu abuelo, tu tío, tu amigo empieza a convertirse en una persona totalmente distinta e irreconocible.
Uno lo desconoce, y él o ella tampoco lo reconoce a uno. Y justamente a partir de este desconocimiento mútuo, comienza una larga y sorda despedida.

