Me estoy volviendo loco

Fanático del cine, mi viejo se había quedado muy impresionado con la película The wall, del británico Alan Parker. Solía decir que ese film le había dado una sensación muy cercana a la locura y, desde entonces, suponía que el límite entre cordura y demencia era muy estrecho. “Basta con que des un paso en falso, y caés”, comentaba.
Su descenso al infierno del mal de Alzheimer no fue la consecuencia de un traspié ni de un tropezón. Tampoco fue tan abrupto como una caída. Al contrario, los primeros síntomas de su deterioro se manifestaron en forma lenta, pausada, solapada, con distracciones llamativas, olvidos momentáneos, repeticiones esporádicas, y pequeñas broncas injustificadas.
Cuando estos gajes aparentes de la vejez empezaron a multiplicarse y a recrudecer, aumentaron el sentimiento de impotencia y la irratibilidad. Y aparecieron las acusaciones y denuncias contra “los otros”, los verdaderos culpables de las fallas y errores que él cometía.
Sin embargo, en esa etapa temprana de la enfermedad, mi viejo todavía conservaba su lucidez. Un día, después de haber protagonizado uno de esos episodios en los que simplemente “actuaba raro”, me confesó muy por lo bajo: “de a poco, me estoy volviendo loco”.

