En el país de la incompetencia

Es muy probable que Maldealzheimer.com.ar escandalice a muchos profesionales de la salud. Por un lado, los médicos, enfermeros y asistentes de geriátricos que visiten este weblog se toparán con un balance desfavorable respecto de su desempeño. La mayoría de las veces, leerán más críticas que elogios, más cuestionamientos que reconocimientos, más expresiones de decepción que de satisfacción.
Esto no es producto de una actitud ingrata, ni tampoco obedece a la ausencia total de profesionales probos e idóneos (afortunadamente todavía quedan algunos con vocación de servicio). Pero, lamentablemente, en el país de la incompetencia, el sistema de salud -por mi historia, aludo sobre todo al sistema privado- no escapa a las generales de la ley. De hecho, además de luchar contra la enfermedad, los parientes y amigos de una víctima de Alzheimer también debemos lidiar con doctores, enfermeras y asistentes que desconocen las características e implicancias de la patología, y que ni siquiera poseen la buena voluntad de cubrir o compensar sus falencias.
Dado semejante contexto, es muy poco usual que el paciente y quienes lo acompañan reciban la atención y contención apropiadas. Al contrario, el maltrato se encuentra a la orden del día: por ignorancia (”¿a este viejo de mierda qué le pasa?”), por desprecio (”para qué molestarse si, después de todo, es un viejo de mierda”), por subestimación (”¿qué saben ustedes de lo que le pasa a este viejo de mierda?”), por irresponsabilidad (”¿quién les dijo que soy yo quien debe hacerse cargo de este viejo de mierda?).
A muchos médicos y enfermeras no les gusta el trato de igual a igual. Cuando digo “de igual a igual”, no hablo de faltar el respeto ni de desestimar a la autoridad. Hablo de usar la terminología adecuada (con el tiempo, uno va a aprendiendo el nombre de síntomas, drogas, órganos, técnicas, aparatos, estudios, etc); hablo de formular las preguntas pertinentes; hablo de exigir lo que corresponde.
En realidad, estos mismos médicos y enfermeras prefieren transmitir un parte cada tanto, proporcionar la atención básica indispensable e irse a casa lo antes posible, sin tener que dar mayores explicaciones. Mientras los parientes/amigos se abstengan de molestar con dudas o verificaciones, el paciente será “el abuelito” y quienes lo acompañan se convertirán en parte del decorado hospitalario.
En el país de la incompetencia, el enfermo y quienes lo rodean dejamos de ser personas.

